domingo, 30 de mayo de 2010
ALGO identificada...solo ALGO
Con aquel murmullo rápido y espectral hablaba de los acantilados que había escalado, de las
ventiscas bajo las que había avanzado, de las cavernas llenas de marcas misteriosas y antiguos fósiles
que había descubierto.Después, se marchaba de nuevo tan silenciosa como había llegado, y yo me quedaba esperándola,
pendiente de su regreso, irritado con ella y amargado, para mostrarme ofendido con ella cuando por fin
reaparecía.
Una noche, durante nuestra primera visita a Verona, una pregunta suya me sobresaltó en una calleja
oscura:
—¿Sigue vivo tu padre?
En esa ocasión, había estado ausente dos meses. Yo la había añorado amargamente y ahora me
preguntaba por la familia como si ésta tuviera alguna importancia. Aun así, contesté:
—Sí, y muy enfermo.
Pero ella no pareció prestarme atención. Traté de contarle que en Francia las cosas estaban muy mal
y que, sin duda, habría una revolución. Gabrielle movió la cabeza e hizo un gesto de indiferencia.—No pienses más en ellos —dijo—. Olvídalos.
Y se marchó una vez más.
Lo cierto era que no quería olvidarlos. Nunca dejaba de escribir a Roget preguntándole por mi familia.
Le escribía con más frecuencia al abogado que a Eleni, al teatro. Le pedí unos retratos de mis sobrinos y mandé a Francia regalos de todos los lugares donde me detenía. Y me preocupé ante la revolución,
como cualquier francés mortal.
Y por último, cuando las ausencias de Gabrielle se hicieron más largas, y nuestros momentos juntos
se volvieron más llenos de tensión e incertidumbre, empecé a discutir estos asuntos con ella.—El tiempo se llevará a nuestra familia —le decía—. El tiempo se llevará la Francia que hemos
conocido. Entonces, ¿por qué renunciar a los nuestros ahora que aún podemos tenerlos? Yo necesito
estas cosas, te lo aseguro. ¡Esto es la vida para mí!
Pero aquello sólo era la verdad a medias. Yo no poseía a Gabrielle más de lo que poseía a cualquier
otro. Ella debió entender lo que le estaba diciendo en realidad. Debió oír la recriminación que había tras
mis palabras.
Los diálogos como éste la entristecían. Hacían surgir de ella la ternura. Entonces me permitía traerle
ropas limpias, peinarle el cabello... Y luego salíamos juntos a cazar y charlar. Tal vez incluso acudía a los
casinos conmigo, o a la ópera. Durante un breve lapso de tiempo, se convertía en una espléndida gran
dama.
Y esos momentos nos mantenían unidos todavía, perpetuaban nuestra creencia en que todavía
éramos una pequeña asamblea, frente al mundo mortal.
Juntos ante el fuego en alguna mansión rural, cabalgando juntos en el asiento del cochero con las
riendas en mis manos, caminando juntos por el bosque a medianoche, seguíamos cambiando nuestras
opiniones discrepantes de vez en cuando.Incluso íbamos juntos en busca de casas encantadas, un pasatiempo reciente que nos llenaba de
excitación.
De hecho, Gabrielle regresaba a veces de un viaje precisamente porque había oído hablar de
una presencia fantasmal y quería que la acompañara a ver qué descubríamos.
Naturalmente, la mayoría de las veces no encontrábamos nada en los edificios vacíos donde se decía que aparecían los espíritus. Y los desdichados a quienes se tachaba de poseídos por el demonio no eran, las más de las ocasiones, sino enfermos mentales corrientes.
No obstante, hubo veces en que presenciamos fugaces apariciones y sucesos misteriosos para los
cuales no encontramos explicación: objetos que volaban, voces que surgían como rugidos de la boca de
niños poseídos, corrientes de aire heladas que apagaban las velas en una habitación cerrada...
Nunca sacamos nada en claro, sin embargo, de todo aquello. No vimos más de lo que un centenar de
estudios mortales había descrito ya.
Finalmente, el asunto se convirtió para nosotros en un mero juego, y, cuando hoy vuelvo la vista atrás,
me doy cuenta de que continuábamos con él porque nos mantenía juntos, porque nos proporcionaba
unos momentos de convivencia que, de otro modo, no habríamos tenido.
Pero las ausencias de Gabrielle no eran lo único que destruía nuestro afecto por los demás con el
transcurso de los años. Era también su actitud cuando estaba conmigo, las ideas que expresaba.Aún conservaba aquella costumbre suya de decir exactamente lo que pensaba y poco más.
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